Cuando hablamos no hacemos sino repetir lo que ya sabemos, pero cuando escuchamos siempre aprendemos algo. Es verdad que quien habla siembra, pero el que escucha… recoge. De ahí la importancia de ejercitarse a escuchar, acostumbrarse a preguntar e invitar a los demás a exponer sus opiniones. Así, a la vez que se aprende a escuchar, se ayuda a pensar al otro... y a uno mismo. Madame de Sevigné sentenció: “Hemos nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua porque debemos mirar y escuchar dos veces, antes de hablar”. Cervantes puntualizó: “No te escuches a ti mismo; que toda afectación es mala”. Shakespeare concluyó “Presta el oído a todos y a pocos la voz:”.
Casi todos escuchamos mal; hasta en la conversación a solas con otra persona, no escuchamos casi más que nuestras propias palabras. Se necesita ingenio para hablar bien, pero para escuchar correctamente basta la inteligencia. Plutarco observó que para dominar la oratoria, es preciso previamente saber escuchar. Además hablando se agrada a los demás sólo a veces, pero escuchando se complace siempre. Chaplin aconsejaba: No esperes a que te toque el turno de hablar, escucha de veras y serás diferente. Procuremos primero comprender, para después ser comprendidos.
Escuchemos de verdad a los otros. La relación nos transformará: Comenzaremos a escucharnos y a saborear las palabras… ajenas. No es preciso coincidir plenamente, ni discrepar; simplemente se escucha, y se siente cómo juntos comprendemos las plurales perspectivas con las que se aprecia la misma realidad. En ese proceso, empezamos a sentir que hay algo muy valioso en cada persona, en uno mismo y en los demás. Que nuestra primera lengua, la de escuchantes, sea nuestro oído. Un proverbio de los indios cherokee dice: "¡Escucha, o tu propia lengua te volverá sordo!”. El refrán clásico recalca “Habla poco, escucha más, y no errarás”. Antonio Machado lo poetizó: “Para dialogar, preguntad primero; después..., escuchad”.
Ilmar Rodríguez Benítez...
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